Edición 2 - Naturaleza: la vida pequeña - Revista Punto y Seguido https://puntoyseguido.uniandes.edu.co Revista de estudiantes de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes Wed, 02 Nov 2022 14:48:18 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.1.2 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/wp-content/uploads/2021/05/cropped-favicon-puntoseguido-32x32.png Edición 2 - Naturaleza: la vida pequeña - Revista Punto y Seguido https://puntoyseguido.uniandes.edu.co 32 32 Todas las hojas por siempre https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/todas-las-hojas-por-siempre/ Mon, 28 Feb 2022 05:42:59 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2961 ____________________________________________________________________________________________________________ En un ejercicio de meditación se nos dijo que siguiéramos un objeto durante treinta minutos. La hoja que decidí seguir se movió lentamente con el viento y me fui desplazando con ella. Casi fui la hoja por media hora mientras sostenía mi celular y pensaba en el cielo y el sol. Pensaba en todas […]

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En un ejercicio de meditación se nos dijo que siguiéramos un objeto durante treinta minutos. La hoja que decidí seguir se movió lentamente con el viento y me fui desplazando con ella. Casi fui la hoja por media hora mientras sostenía mi celular y pensaba en el cielo y el sol. Pensaba en todas las hojas ignoradas, todas las hojas solitarias, todas las hojas acompañadas por todas las otras hojas. Todas las hojas bajo el mismo cielo, todas las hojas en el mismo piso, y todas las hojas bajo el mismo clima cambiante. Ver todas las hojas al mismo tiempo, es ver todos los días al mismo tiempo. Al mismo tiempo distintas horas, y distintos visos de distintas personas. Todas las hojas a seguir, y todas las hojas por siempre.    

Me inspiré en las series de repeticiones de Monet, tanto en la de La Catedral de Rouen, como en Almiares y Álamos. En estas, Monet nos demuestra que a veces lo más importante no es el sujeto, sino lo que se hace con él. Como un loco, este hombre pintó los mismos objetos por años, completando treinta y dos lienzos de la catedral, y docenas de los otros dos sujetos. Siempre todos desde el mismo punto de vista, pero a diferentes horas del día y en diferentes estaciones. Aunque la luz y los colores lleven al sujeto a un segundo plano, la catedral, los álamos, y los almiares, no pierden su belleza.  

Catedral de Rouen, Serie
Óleo sobre lienzo
Claude Monet, 1892-1895
Los Almiares, Serie
Óleo sobre lienzo
Claude Monet, 1890-1891
Los Álamos, Serie
Óleo sobre lienzo
Claude Monet, 1891

Lo mismo sucede con las hojas. Lo más lindo era poder ver como cada día había hojas diferentes. Cada día las barrían, o el viento se las llevaba, o alguien las pisaba, o el agua las desplazaba. Era muy hermoso tratar de buscar cada día otra hoja que me apeteciera lo suficiente para quedarme sentada observándola sin parar.  

Por todas las cosas pequeñas y olvidadas, sigo las hojas para que vivan en el tiempo fuera de su tiempo. En el día fuera de su día. Todos los días en un mismo día. Todas las hojas en la misma hoja. 

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El inconsciente de Alicia y sus “maravillas” como un trastorno mental   https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/el-inconsciente-de-alicia-y-sus-maravillas-como-un-trastorno-mental/ Mon, 28 Feb 2022 04:52:03 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2912 ____________________________________________________________________________________________________________ Las enfermedades mentales han ido perdiendo su carácter taboo en la sociedad desde hace relativamente poco, por lo que se puede asegurar que no era un tema conversado casualmente en la Era Victoriana (ca. 1837 – 1901) y mucho menos uno que apareciera explícita y conscientemente en la personalidad de los protagonistas de los […]

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Las enfermedades mentales han ido perdiendo su carácter taboo en la sociedad desde hace relativamente poco, por lo que se puede asegurar que no era un tema conversado casualmente en la Era Victoriana (ca. 1837 – 1901) y mucho menos uno que apareciera explícita y conscientemente en la personalidad de los protagonistas de los libros infantiles. Por eso, es muy curioso que Lewis Carroll hubiera creado un personaje que tan claramente muestra el trastorno psiquiátrico más frecuente en niños y adolecentes hoy en día. [1] Alicia, en Las aventuras de Alicia, tiene todos los síntomas y comportamientos que causa el Trastorno por déficit de atención e hiperactividad, especialmente en niñas. Las aventuras de Alicia se publica alrededor de 1865, en plena Era Victoriana, dentro de una sociedad burguesa y conservadora y un contexto que tenía una noción de los trastornos mentales muy básica y prejuiciosa. Esto no significa que los trastornos o enfermedades psicológicas no existieran en esa época, ni que no se presentaran en esa población específica, si no que lo más posible es que no se reconocieran como tal.  

En el caso puntual del Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), se cree que hay documentación de sus síntomas desde 1845 en la obra Struwwelpeter, del psiquiatra alemán Heinrich Hoffman, la cual contenía 10 historias breves sobre diversos problemas psiquiátricos de la infancia y la adolescencia. Los síntomas de TDAH aparecen en la historia de un niño llamado ‘Philip el inquieto’ quien no podía mantenerse tranquilo a pesar de las indicaciones para hacerlo. [2] Ahora bien, aunque hay presencia de los síntomas y del indicio de que este niño padecía de este trastorno, no se entendió cómo tal:  

“Es de destacar que Hoffman publicó estas manifestaciones en un libro para niños, lo que pone de relieve que el autor no consideraba estos comportamientos como un trastorno en sí mismo, si bien observó muchos detalles que hoy en día pueden aclarar el establecimiento de un diagnóstico. Probablemente la descripción de estos comportamientos no pretendía más que ejemplificar a los niños como no debían comportarse.” [3]  

Hoy en día, el Trastorno por déficit de atención e hiperactividad es una enfermedad reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) con una serie de síntomas comunes que permiten un diagnostico acertado en los niños y niñas que los presenten.  

Ahora bien, para el caso específico de Alicia y su relación con este trastorno, hay que tener en cuenta que en la historia las veces que se ve a una ‘Alicia consciente’ son casi nulas y a quien realmente conocemos es a la ‘Alicia del País de las Maravillas’, es decir la Alicia de sus sueños y de su inconsciente. En este inconsciente, se puede ver claramente como la niña muestra de manera evidente este trastorno mental durante su estadía en el País de las Maravillas y, aunque esta enfermedad ni siquiera tuviera un nombre para la época en la que aparece este libro [4], el personaje de Alicia es un claro ejemplo del mismo. Con esto en mente, el método de este ensayo para demostrar el vínculo entre el personaje de Alicia y el TDAH, será una comparación entre los síntomas oficiales del trastorno y los comportamientos de Alicia donde estos son más evidentes. Por lo tanto, el primer síntoma del que haré uso para este propósito es propuesto por la United Kingdom National Health Service (NHS), y es “tener poca capacidad de atención y distraerse con facilidad”. [5] Esto se ve repetidamente por parte de Alicia a lo largo del libro. Durante toda la historia, podemos ver que el pensamiento de Alicia se desvía de su tarea original y pierde la concentración. Por ejemplo, está el momento en el que cae por el túnel, pero su preocupación está en repasar sus aprendizajes de longitud y latitud. O el momento en el final del capitulo tercero en el que el ratón intenta contarle a Alicia la historia de su vida, pero la niña no es capaz de mantener la concentración simplemente en las palabras del ratón, al tal punto que este se marcha porque fue imposible atraer la atención de Alicia.   

La NHS presenta una lista de varios síntomas donde se va a poder seguir viendo presente esta relación entre la protagonista y el TDAH. [6] Por lo tanto, más adelante en la historia es posible ver como Alicia evoluciona al segundo síntoma que propone esta organización: Cometer errores por descuido, parecer olvidadizo y/o perder cosas. [7] Este síntoma parece prácticamente una característica esencial de la personalidad de Alicia, por la recurrencia del mismo a lo largo de la historia. El primer momento en el que esto es más que evidente, es en sus primeros cambios de tamaño, cuando al llegar al salón después de caer por la madriguera, olvida la botella para crecer encima de la mesa de modo que cuando se encoje ya no la alcanza: “¡ay, pobre Alicia!, al llegar a la puerta se dio cuenta de que se había olvidado la pequeña llave dorada que la abría, y, al volver a la mesa, se dio cuenta de que la llave estaba ahora fuera de su alcance” [8] Pero, esa no es la única vez que la vemos cometer un error de descuido así, pues después de eso, toma la bebida para crecer dentro de la casa del conejo sin pensar en que al crecer ya no podría salir; olvida constantemente los poemas y canciones que se supone que debe saber, y olvida que tiene los pedazos de hongo para cambiar de tamaño en sus propias manos y no los usa en momentos en que los necesita por puro descuido: “Al cabo de un rato se dio cuenta de que aún conservaba los trocitos de seta en las manos, así es que se dedicó a probarlos, mordisqueando ahora el uno y después el otro.” [9] Alicia muestra esta costumbre de forma tan recurrente, y afecta tanto sus decisiones y reacciones a lo largo de toda la trama, que es imposible no tomarlo como un síntoma de algo más profundo que solo descuido infantil, casual e insignificante.   

El siguiente síntoma hace referencia a la dificultad para escuchar, hacer caso o seguir instrucciones. [10] Este no es un síntoma tan evidente como los demás en la personalidad de Alicia, pero sabiendo que hay pruebas del trastorno mental en ella, es importante ponerle atención al par de situaciones específicas donde demuestra este signo. En primer lugar, la vemos mencionarle al ratón y a los demás animales, a su gata y el perro del vecino innumerables veces, olvidando por pura desatención todas las advertencias y peticiones de estos de no nombrarlos más. Esto, al punto que los llega a ofender e incluso en ese momento no es capaz de reconocer su error. [11] Nuevamente, cuando Alicia llega donde el sombrerero y la liebre, la vemos cuestionar constantemente la historia del Lirón, no siendo capaz de sentarse y escuchar, pues no deja que el pobre roedor terminara una frase sin ser interrumpido e interrogado. [12] Luego, vemos que cuando va a oír la historia de la Tortuga falsa, y esta dice, “Pues la voy a contar —les dijo la Tortuga con una voz hueca y profunda—, pero con la condición de que os sentéis aquí y no digáis una sola palabra hasta que haya acabado.” [12] Pasa algo muy parecido que con el Lirón y es que Alicia hace caso omiso de la instrucción e interrumpe seguidamente la historia, mostrando su falta de seguimiento de instrucciones y su dificultad para sentarse y escuchar. En estas tres situaciones se tilda a Alicia de irrespetuosa o de maleducada, pero como se ha podido ver hasta el momento, lo más seguro es que realmente sea efecto de un trastorno mental inidentificado y sin tratar lo que la obliga a portarse de esa manera.   

Los últimos síntomas son el cambiar constantemente de actividad y la dificultad para organizar tareas. [13] Estos también son frecuentes en la historia y vemos a Alicia padecerlos varias veces. El síntoma de cambiar constantemente de actividad es relativamente obvio, pues es prácticamente en lo que se basa la historia, no se concluye ninguna actividad antes de que Alicia ya esté en camino a otra distinta. La niña está en constante movimiento, pasando de lugar en lugar sin una finalidad, pero cambiando de actividad y de ambiente continuamente durante todo el libro. La dificultad para organizar tareas, por otro lado, es evidente en la falta de planeación de Alicia en momentos específicos y determinados a lo largo del libro. Por ejemplo, cuando escapa de la casa del conejo sin saber como va a lograr crecer para poder continuar su recorrido: “¡Dios mío! Casi se me había olvidado que lo primero que debo hacer es crecer. Pero ¿cómo me las voy a arreglar?” [14] Alicia se mueve entre lugares sin ninguna organización, planeación, ni pensamiento a futuro. Lo volvemos a ver cuando sale de la casa de la duquesa y se encuentra con el gato. La vemos sin plan ni meta alguna:  

“¿Podría usted indicarme la dirección que debo seguir desde aquí? —Eso depende —le contestó el Gato— de adónde quieras llegar. —No me importa adónde… —empezó a decir Alicia. —En ese caso, tampoco importa la dirección que tomes —le dijo el Gato. —… con tal de llegar a algún lado —terminó Alicia.” [15]  

La pequeña emprende camino sin pensar en el más mínimo detalle del futuro, sin organizar sus tareas ni sus metas. Lo que termina de demostrar que, en el libro, podemos ver a una Alicia que a partir de su subconsciente nos muestra claros síntomas de Trastorno por déficit de atención e hiperactividad.  

Retomando, Alicia, la protagonista de Las Aventuras de Alicia, representa a una niña que evidentemente padece TDAH. Es una niña que tiene poca capacidad de atención y se distrae con facilidad; comete errores por descuido, es olvidadiza y/o pierde cosas constantemente; tiene gran dificultad para escuchar, hacer caso o seguir instrucciones; y finalmente, cambia constantemente de actividad y evidencia dificultad para organizar tareas. Como ya se estudió, el hecho de que la salud mental y las enfermedades psicológicas no fueran un tema convencional o normalizado durante el siglo XIX, especialmente durante el mandato de la Reina Victoria en Inglaterra, no significa que muchos de los trastornos psiquiátricos y psicológicos que se conocen hoy en día no existieran, ni que no hubiera personas que vivieran con ellos todas sus vidas sin saberlo o sin identificar ninguna irregularidad con su psicología. Probablemente, este tipo de síntomas, como los del Trastorno por déficit de atención e hiperactividad, se tomarán por sentados y se asumiera que era una parte normal de la personalidad de algunos niños como ‘Philip el inquieto’ en el libro de Hoffmann. Así, explicando porqué que Lewis Carroll fue capaz de crear un personaje que tan claramente muestra este trastorno psiquiátrico, dentro de su contexto social e histórico.  

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Notas:  

[1] “Definition” Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder (ADHD), National Institute of Mental Health. Accedido noviembre 9, 2020: https://www.nimh.nih.gov/health/statistics/attention-deficit-hyperactivity-disorder-adhd.shtml.

[2] Navarro González, García Villamizar “El concepto de hiperactividad infantil en perspectiva: Breve análisis de su evolución histórica” Revista de la Psicología 31, no. 4 (2010) pg. 24-25.

[3] Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia (Nueva York: anónima, 1961) pg. 25.

[4] “El trastorno con síntomas similares al TDAH apareció por primera vez en la (APA) de la American Psychiatric Association `Manual de Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM)` en 1968. Se llama `reacción hipercinético de la infancia, que se consideraba el principal síntoma de hiperactividad”.

[5] “Symptoms” Attention deficit hyperactivity disorder (ADHD), United Kingdom National Health Service, Accedido noviembre 9, 2020: https://www.nhs.uk/conditions/attention-deficit-hyperactivity-disorder-adhd/symptoms/.

[6] Carroll, Las aventuras de Alicia, pg. 32-33.

[7] “Symptoms” Attention deficit hyperactivity disorder (ADHD).

[8] Carroll, Las Aventuras de Alicia, pg. 17.

[9] Ibíd. pg. 51.

[10] “Symptoms” Attention deficit hyperactivity disorder (ADHD). 

[11] Carroll, Las Aventuras de Alicia pg. 25-33.

[12] Ibíd. pg. 69.

[13] Ibíd. pg. 90.

[14] “Symptoms” Attention deficit hyperactivity disorder (ADHD). 

[15] Carroll, Las Aventuras de Alicia. pg. 43.

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Bibliografía:  

Carroll, Lewis, Las Aventuras de Alicia. Nueva York: anónima, 1961.

National Institute of Mental Health, “Definition”. Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder (ADHD), Accedido noviembre 9, 2020: https://www.nimh.nih.gov/health/statistics/attention-deficit-hyperactivity-disorder-adhd.shtml.

Navarro González, García Villamizar “El concepto de hiperactividad infantil en perspectiva: Breve análisis de su evolución histórica” Publicaciones de la Universidad de Valencia: Revista de la Psicología 31, no. 4 (2010) pg. 24-25.

United Kingdom National Health Service, “Symptoms”. Attention deficit hyperactivity disorder (ADHD), Accedido noviembre 9, 2020: https://www.nhs.uk/conditions/attention-deficit-hyperactivity-disorder-adhd/symptoms/.

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Música afro en el Caribe https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/musica-afro-en-el-caribe/ Mon, 28 Feb 2022 04:34:17 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2884 Este es un recorrido sonoro por las bases y orígenes del cine afro. «Macumba» es un podcast  de música, cine y relatos que explican la importancia de una tierra olvidada y estigmatizada por occidente, pero con una fuerza creativa incomparable.  Desglose de dos películas de Jhonny Hendrix: Chocó (2012) y Saudó, laberinto de almas (2016). ____________________________________________________________________________________________________________ facartes · […]

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Este es un recorrido sonoro por las bases y orígenes del cine afro.

«Macumba» es un podcast  de música, cine y relatos que explican la importancia de una tierra olvidada y estigmatizada por occidente, pero con una fuerza creativa incomparable. 

Desglose de dos películas de Jhonny Hendrix: Chocó (2012) y Saudó, laberinto de almas (2016).

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Selección de cuentos https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/seleccion-de-cuentos/ Sun, 27 Feb 2022 18:09:58 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2871 Daniela y las hormigas  A Daniela le gustaba buscar hormigas. Las buscaba por la pared naranja que tenía permiso de pintar con sus crayones y por el piso de baldosa blanca de la sala. Se sabía con un gran deber: debía encontrarlas para partirlas a la mitad, justo en la unión entre las dos bolitas […]

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Daniela y las hormigas

 A Daniela le gustaba buscar hormigas. Las buscaba por la pared naranja que tenía permiso de pintar con sus crayones y por el piso de baldosa blanca de la sala. Se sabía con un gran deber: debía encontrarlas para partirlas a la mitad, justo en la unión entre las dos bolitas y ayudarlas a reproducirse. Decía que el lado que tenía la cabeza era la hembra y el otro era el macho. Cada uno salía caminando en sentidos opuestos y después de un tiempo les crecía el resto del cuerpo. Ella esperaría a que crecieran otra vez como hormigas unidas y que volvieran a pasar por su pared para volver a multiplicarlas.   


Ana y las arañas  

Cada vez que llueve, Ana rasga papel de la libreta de los teléfonos de su mamá y lo tira por la ventana para que las arañas y las hormigas se suban en él. Ella quiere que todas tengan sus flotadores y que puedan hacer carreritas como ella hace cuando va a la piscina con sus amigos del jardín.  


Inés y el caracol

La casa de la abuela de Inés era toda una expedición botánica. Cuando la llevaban de visita los fines de semana, mientras sus padres tomaban café y hablaban con la abuela, ella se iba a explorar el enorme jardín del fondo de la casa. A Inés le gustaba recoger ramitas, flores y hojas que tuvieran formas de animales. Ya tenía toda una colección.    

En el jardín veía siempre tantos caracoles que empezó a tener curiosidad por saber qué tenían por dentro de la concha. Nunca había intentado coger uno porque le daba asco, pero un día decidió por explorarlo ella sola. Sacó del armario unas tijeras, unos alfileres, pensó que le podía servir un cuchillo de la cocina y el trapo siempre sucio y mojado; y de la caja de herramientas un clavo y unas pinzas. También sacó plastilina y cinta. Cuando fue al jardín se acomodó en un rincón alejado y dándole la espalda a la puerta por donde podía entrar la abuela inició su operación.   


Fernando y el gusano de seda   

 El día que Fernando vio que su abuela estaba arreglando las flores se acercó a preguntarle lo que hacía. Ella le mostró un gusano de seda que recién había encontrado en una hoja; ella abrió bien la palma de su mano y lo dejó arrastrarse un rato ahí. Fue entonces cuando Fernando notó que su abuelita tenía toda la piel arrugada igual que el gusano. Ella le cogió una mano y le puso el gusano sobre el dorso. Él vio que se empezó a mover y lo soltó de inmediato. Desde ese día Fernando está esperando a que el dorso de su mano se empiece a arrugar y que eso se extienda por todo su cuerpo hasta convertirlo en viejito.   


Catalina y los grillos   

El día que Catalina probó por primera vez una moneda de chocolate soñó con la cancha de su barrio. Allí había mucho pasto y sonaban muchos grillos. Ella vio que los grillos hacían sus sonidos porque destapaban monedas de chocolate y se las comían, así sonaba cuando los grillos le quitaban el aluminio dorado. Desde entonces ella los busca para comerse sus monedas de chocolate.   


Camilito y el ciempiés    

Un ciempiés caminaba aburrido por el suelo. Estaba fatigado de tener que mover tantas partes de su cuerpo y avanzar tan poco, era su lucha diaria. Cuando Camilito lo vio, buscaba un piloto para su avión de papel, por eso recogió al ciempiés y lo lanzó a volar.    


Antonio y el alacrán   

Antonio tenía la costumbre de esperar detrás de la puerta que daba hacia el patio con un cuchillo de cocina en la mano. Esperaba que entraran por ahí los alacranes que salían del pasto y se movía despacio para que no lo notaran. Tenía la costumbre de partirlos siempre en el tercer nudo de su cola, para que el alacrán después regresara por ella y se la volviera a pegar al cuerpo.  


Olga y la libélula  

Olga buscaba a su hermana mayor todos los días para ir cerca al estanque que había en el lote detrás de su casa. En las tardes, después del colegio, cada una con un carrete de hilo de colores, comenzaban las competencias de agilidad. Cada una medía su destreza atrapando libélulas, a quienes les amarraban el hilo que las dejaba marcadas para siempre. 


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Agua https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/agua/ Sun, 27 Feb 2022 04:43:53 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2777 Shhhhh. Se abre la lluvia manufacturada y comienza a picar contra la baldosa. Glugluglug. Escurre y escurre hacia el drenaje por el delicado diseño inclinado. En un minuto empieza a subir el humo puro y cuando ya no me veo clara en el espejo entro al pequeño diluvio. Shushhh. Cierro la cortina tras de mí. […]

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Shhhhh. Se abre la lluvia manufacturada y comienza a picar contra la baldosa. Glugluglug. Escurre y escurre hacia el drenaje por el delicado diseño inclinado. En un minuto empieza a subir el humo puro y cuando ya no me veo clara en el espejo entro al pequeño diluvio. Shushhh. Cierro la cortina tras de mí. El agua resuena en el plástico. Trumtrumtrum. Sé que en este momento estoy tranquila. En el setenta por ciento cincuenta centímetros de la unión de piso para recibir las gotas diagonales. Nadie me ve y yo sólo veo el vapor. Soy libre. Shhhhh.  

Me baño por el agua. Por la gratitud del agua que todavía existe. Me baño por el deslice de gotas en piel. Por los chorritos en mi espalda. Los ríos que se extienden por mis brazos. Aquellos que culminan en cascadas bajo mis dedos. Me baño por el shush shush shush de los salpicos en mi cabeza. Me baño por el vapor de agua que respiro encajonada. Por las partículas de líquido que se llegan a sentir en mi garganta, en mis pulmones, en mi nariz. Me baño por tocar mi cara. Manos húmedas contra mis cachetes. Dedos que descubren mis cejas. Me baño por sentir mi pelo suave. Por las diminutas burbujas y la espuma deshaciéndose sobre mi pelo. Me baño por la caricia de la esponja sobre mis piernas y su shash shash shash contra mi piel. Me baño por el calor profundo y amable. Por las temperaturas amorosas que me encienden la cara y la espalda con la sensibilidad del porvenir. Me baño para sentir mi cuerpo y amarlo.  

Pero en la tristeza de meses no era así. En ella el calor picaba. En ella el vapor me quería desgarrar la piel. En ella agua ahogaba. Los pasos hacia la ducha pesaban. Los baños con ella amargaban las gotas que se sentían en el respirar. El shhhh era un tracatracatraca de lanzas contra el cuerpo. La cortina dura y rajante contra el metal. Un traaakkk rechinante. Y lloraba cuando el vapor no me dejaba ver en el espejo. Las lágrimas silenciosas se doblegaban ante la violencia de la ducha en su completa potencia. Y el sifón me jalaba en su gluoglougluog devorante de vida. En esos pocos baños semanales, el alarido de gotas contaminaba mis deseos de suciedad helada. Cuidarme no era una opción. Y yo moría antes de dejar que las gotas me sanaran. Cuando no te cuidas pierdes la capacidad de amarte. El amor cuida. El amor se cuida. El agua cuida a todas las cosas vivas. 

Pero aquí en el blanco y el agua contada no hay nada que inspire dolor. En el desnudo sólo hay vista para el agua que corre en un oasis de poros. Shhhhh. Los pies descalzos adoran las baldosas que sostienen el despliegue del río. Trumtrumtrumtrum. Me beso las manos. Mis pelitos se peinan con el deslice de las gotas amables y el vapor eleva el champú en sus burbujas microscópicas que acarician el techo. Los ojos se llenan de agua de ternura. Los pulmones se abren al agua respirable. Fuaj. Las extremidades se purifican como el rocío a las flores. Limpiarse es cuidarse. Cuidarse es mantener. Mantener es proteger el futuro.  

Ahora creo en el futuro porque me baño. Protejo mi futuro al bañarme. Me baño para seguir protegiendo mi futuro. Creo en mi capacidad de bañarme todos los días. Creo en el vapor. Creo en el agua. Creo en los días cansados cuando el agua libera. Creo en los días alegres cuando el agua inspira. Creo en el presente tranquilo. Y creo en una tristeza futura en la que me pueda seguir bañando.  

Cierro la llave y espero. Plum plum plum. Caen las últimas gotas. 

Cierro los ojos y sueño sobre el baño de mañana.  

Respiro. Ahhh. Abro los ojos y abro la cortina. 

El agua vive en mí. 

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Prosa en no verso para el ser minúsculo https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/prosa-en-no-verso-para-el-ser-minusculo/ Sun, 27 Feb 2022 04:40:18 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2768 Nota de la autora: la siguiente canción acompaña el texto. ____________________________________________________________________________________________________________ Volaba. Tan rápido como el viento se lo permitía y se sentía libre y se sentía feliz. Eso decía.   ¿Sentir? ¿Sentía lo mismo que usted, lo mismo que siento yo con este escrito añejo en las manos? Creación de alguna actividad antropogénica o natural, […]

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Nota de la autora: la siguiente canción acompaña el texto.

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Volaba. Tan rápido como el viento se lo permitía y se sentía libre y se sentía feliz. Eso decía.  

¿Sentir? ¿Sentía lo mismo que usted, lo mismo que siento yo con este escrito añejo en las manos? Creación de alguna actividad antropogénica o natural, no lo sabemos, pero existía y realmente es lo que importa en este momento, la existencia. Cuando se habla de la vida de una partícula polvorienta, no acostumbramos a pensar en largos periodos de tiempo, aunque… ¡Qué demonios! Einstein hizo una investigación larguísima acerca de la relatividad espaciotemporal, y yo no estoy aquí para explicarle científicamente porque su hora y mi hora son completamente distintas, no hablemos de tiempo, hablemos de percepción. Durante su viaje, la partícula quedó pegada sobre una enorme espalda amarilla con negro y se dio cuenta de que ahora era parte de otro ser. No imagino qué tan eficiente sea una abeja como medio de transporte, tal vez pueda sentirse como viajar en un avión, o se asimile al trayecto que recorro en Transmilenio todos los días a las 7 de la mañana para llegar a la estación de Las Aguas. ¡Vaya frío capitalino el de las 7 de la mañana! Aunque hoy no lo he tenido muy presente, de seguro el tintico de Doña Blanca ya empezó a coger efecto en el cuerpo.  

Es una abeja ahora la que pasa buscando polen, lo sé por el zum zum que retoza en cada rincón. ¿Cómo? ¿Usted no lo escucha? Tal vez es sólo porque quiere evitarlo, venga y siéntese a mi lado, desde aquí se puede escuchar lo que no es evidente a los ojos. Con sus antenas olía, y se deleitaba: un banquete de flores, tantos lugares, ¿por dónde comenzaría? Finalmente se posó sobre los pétalos de una margarita blanca (particularmente parecía ser un escenario grande, muy grande) y comenzó su ritual que resultó ser bastante satisfactorio para ambas. ¡Pero que envidioso ese clavel que está ahí plantado! Mira a las demás flores como si no tuvieran que estar en el mismo jardín… si tan sólo supiera que al final todas van a terminar orinadas por el mismo perro. Hablando de perros ¿Qué hora es? Claro, ya decía yo que se hacía tarde para que viniera Copito. – Perro travieso, aléjate del jardín – evidentemente era tarde, ya había derramado sobre todas las flores su pis, pero después de todo, ¿qué más puede hacer el pobre cachorro? Si realmente los intrusos de la tierra somos otros.  

Copito era un perro callejero, no muy viejo pero querido por el barrio. Alguna vez escuché que espantaba a los espíritus que vagaban por las noches y que la señora delgada de anteojos que vende anillos en la caseta de la esquina le agradecía todos los días con un buen plato de carne, o caldo del desayuno. La margarita que ya estaba polinizada y ahora bañada en orina de perro observaba como todo se movía a su alrededor y pensó por un momento que ser una flor era de los acontecimientos más sublimes de la vida, en lo que ciertamente tenía razón. No obstante ¿qué tan ventajoso puede ser el hecho de tener tanta fragilidad y vivir alrededor de un mundo agresivo y marcado de un excesivo ajetreo diario? Unas manos se acercaron para arrancarla de su raíz, del interior de su ser, y supo que era hora de dar el último respiro. Se refirió a aquellas manos como dos grandes criaturas calientes que le quitaron la luz del sol y eran tan arrugadas y se movían tanto que sintió miedo, pero más allá, asco, repulsión. ¡Crag! – Mami, mira. ¿Verdad que es hermosa? Se parece a las que tenía mi tía Vicky en la finca. –Raquel de por Dios, suelta eso ya, no ves que ahora estás llena de tierra. –le dijo con un tono que demostraba cierto grado de enojo, – La profesora te va a regañar por llegar así de sucia al colegio. – Pero mami, mira, es que me gusta mucho y además huele… Sabrá usted que contener la risa en una situación de estas es una actividad que se torna muy compleja, pobre niña, si hubiera sabido lo que estaba a punto de ponerse en la naricita, tengo que mirar a otro lado para no terminar en una burla que probablemente desencadene una bofetada por parte de la mamá. ¡Puaj! –Qué flor tan horrible. ¡Guácala! ¡Límpiame mami, límpiame! –Y efectivamente la señora sacó una caja de pañuelos, de esos con los que limpian a los bebés que huelen como a talcos y se llevó a Raquel agarrada del brazo y refunfuñando por lo que le había pasado.   

Pero luego de esta ocurrente escena, comprenderá usted, que lo que me deja más intrigado es que para mí, las manos de la niña eran suaves y tan delicadas como la flor misma, pero no todos vemos las cosas iguales, ¿verdad? Y justo ahora pienso en mí. Veo pasar a toda la gente, algunos más tranquilos que otros, cada uno con un mundo distinto en la cabeza y termino mirando el jardín de nuevo. Cuando tenía menos edad, hablemos de unos 6, 7 años, acercarme al pasto era más fácil, oler las flores de ese jardín me hubiera resultado más sencillo, y las rodillas no traqueaban cada que trataba de agacharme y miraba los árboles pensando en que en algún momento de mi vida crecería tanto que podría llegar a la punta sin tener que despegar los talones del suelo. Pero aquí estoy, sigo debajo del árbol y aun así cada vez me siento un poco más lejos de aquel jardín. Miro al cielo: ¿qué se sentirá ser una estrella? Estar tan alto y ver todo desde tan lejos. ¿Así me ven las letras que escribo? ¿Pensará lo mismo de mí la rosa que está justo en frente? ¿Puedo concebir el viento como algo que es grande, pequeño? ¿Cómo dimensionarlo? Se me acabó el tinto… Claro, tampoco lo detendré más tiempo aquí, estoy seguro de que como cualquier ciudadano debe ir a trabajar para sobrevivir en la capital. ¿Qué dónde vivo? No se preocupe, es lo de menos, habrá otra oportunidad para reencontrarnos. ¿El relato? Ah, claro, probablemente lo retome algún otro jueves, cuando otra partícula, otra abeja, otra flor, un perro y quizá la misma niña se me crucen por delante.  

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Animalia https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/animalia/ Sun, 27 Feb 2022 04:23:46 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2762 Para los griegos, tener alma significaba tener un principio de movimiento dentro de uno mismo. Ser auto-motores era lo que nos distinguía de las rocas, de la arena e incluso del agua; pues ninguna de ellas se mueve por sí misma. Esta idea griega sobre el alma (ψυχή) pasó luego al mundo latino: en latín […]

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Para los griegos, tener alma significaba tener un principio de movimiento dentro de uno mismo. Ser auto-motores era lo que nos distinguía de las rocas, de la arena e incluso del agua; pues ninguna de ellas se mueve por sí misma. Esta idea griega sobre el alma (ψυχή) pasó luego al mundo latino: en latín “alma” se dice “anima”, que es la raíz de “animal” y de “animado” en español. Anima es lo que tenemos los seres que navegamos el espacio a voluntad. Hay una alegría elemental en poder ocupar un mismo lugar de distintas maneras. Desparramarnos y revolcarnos son la prueba manifiesta de que tenemos un alma que, al movernos, se mueve. Esa alegría la veo en la costumbre mía y de mi perro Lorenzo de estirarnos apenas nos despertamos. La veo también en el juego de los gatos, Dafne y Orfeo, especialmente cuando se explayan en el piso de la sala estirando patas y cola en un gesto que parece afirmar: “aquí estoy, puedo abarcar el mundo si me lo propongo”. Estas, e infinitas otras, son formas únicas de un mismo goce: ellos y yo pertenecemos a Animalia, el reino de los seres cuya dicha está en el movimiento. Hay placer en el desparrame, la extensión, el ensanchamiento, la dilatación, la circulación y el crecimiento. Ese placer está en nosotros, sea que extendamos brazos, alas, patas, aletas o tentáculos. Es, además, una alegría elemental en la medida en que tiene una estrecha relación con la capacidad que tenemos de integrar la diversidad sensorial del mundo en eso que llamamos experiencias: alguien, no algo, disfruta de sentir el frío del piso en su lomo, el flujo de la sangre que corre hacia la cabeza y el panorama del mundo visto boca arriba. De ahí que sea tan doloroso ver un ave enjaulada, igual de doloroso que ver cientos de peces hacinados en una piscina o miles de vacas apretujadas en una parcela. De ahí la violencia silenciosa y brutal del alambre de púas, esa forma feroz de restringir el movimiento de seres que sienten dolor y tienen alma. 

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Visita silenciosa https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/visita-silenciosa/ Sun, 27 Feb 2022 04:11:21 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2757 Entro a la casa de mis abuelos con la sensación de que el lugar está vacío. Empiezo a subir las escaleras y siento cómo cada que piso otro peldaño los tacones de mis botines y los zapatos de mi mamá resuenan casi por toda la casa, las paredes azul cielo parecen ser más oscuras de […]

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Entro a la casa de mis abuelos con la sensación de que el lugar está vacío. Empiezo a subir las escaleras y siento cómo cada que piso otro peldaño los tacones de mis botines y los zapatos de mi mamá resuenan casi por toda la casa, las paredes azul cielo parecen ser más oscuras de lo que recordaba. Antes de subir el último escalón dirijo mis ojos hacia el espejo que apunta hacia mis pies y distingo que detrás de mis botines negros solo se ve la puerta blanca del primer piso, todo parece tener colores apagados, incluso el frío del ambiente combina con el silencio y los colores pálidos. La luz de una habitación está encendida y por inercia mis pies se dirigen hacia allí. Veo a mi abuelo recostado en la cama y a mi abuela, mi papá y mis primas, sentadas junto a él.  

— Hola abuelito —, murmuro en voz baja para no interrumpir el silencio que pasea por la habitación. 

— Hola mijita, ¿cómo está? —, responde mi abuelo como si me estuviera contando un secreto. 

— Bien abuelito, ¿y tú? 

Con un silbido intenso, el aparato de oxígeno llena el lugar de ruido. Me siento en una silla casi al frente de la cama y me doy cuenta de que en aquellas cuatro paredes todos estamos presentes, en la mesa de noche hay al menos una foto de todos los nietos y nuestros padres. Hay retratos y objetos pertenecientes a varios miembros de la familia regados por toda la habitación. Hay fotos de mi papá y mis tíos cuando eran más jóvenes, y fotos de mis primos y yo cuando éramos muy pequeños. Pero hay un retrato que resalta sobre los demás: justo encima de la cabecera de la cama hay una foto a blanco y negro de mis abuelos, que aunque no sonríen mucho se ven muy felices. 

— Qué día encontré un trapo de colores en la cocina de la abuela—, dice una de mis primas   mientras acaricia el canoso cabello de mi abuelo—, ese trapo es un pedazo de una camiseta de cuando Mauro era bebé, ¡como 28 años debe tener eso de viejo! 

Todos reímos. Miro a mi abuelo, por primera vez en el día en su rostro se nota la felicidad. Percibo que mientras mira al techo los recuerdos invaden su cabeza y, entonces, el brillo en sus ojos color avellana revela que una lágrima quiere salir. Vuelvo a mirar las fotos de la mesa de noche, y en mi mente empiezo a oír la risa de mi abuelo, veo cómo en cada recuerdo él es feliz, siempre siendo el espíritu y la alegría de las reuniones. Recuerdo entonces todas las veces que me cantó el feliz cumpleaños por teléfono y los abrazos cálidos que cada año me daba en Navidad y año nuevo. 

De repente, vuelvo a sentir el silbido del aparato de oxígeno, y me percato de que mi abuelo regresa a su estado habitual. Está inmóvil y callado, su sonrisa se esfuma, solo suena su respiración a través de la máquina. En ese momento, los recuerdos felices dejan de rondar por mi mente y mi mamá me dirige una mirada que indica que ya debemos irnos. Me despido de mi abuelo y por última vez en el día lo escucho hablar. 

— Chao mijita, que esté bien. 

Lo miro una última vez y salgo de la habitación, quedándome con esas palabras retumbando en mi mente una y otra vez hasta que abandono la casa.  

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Videntes https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/videntes/ Sun, 27 Feb 2022 03:58:50 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2711 Casandra Un ángel que no vuela Tengo tanto miedo y tanta esperanza como Casandra. Qué se supone que haga con nuestra propia suerte de condenadas. Tal vez de algo sí sirvan mis palabras. Desde el subsuelo de mi angustia, rezo como mi madre me enseñó y miro al cielo en busca de la estrella que […]

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Casandra

Un ángel que no vuela

Tengo tanto miedo 
y tanta esperanza 
como Casandra. 
  
Qué se supone que haga 
con nuestra propia suerte de condenadas.  
Tal vez de algo sí sirvan mis palabras. 
  
Desde el subsuelo de mi angustia, 
rezo como mi madre me enseñó 
y miro al cielo en busca de la estrella 
que nos robaron. 
Si un ángel diera un paso del tamaño de un cucarrón, 
sabría cómo se sienten sobre las manos los insectos 
y lloraría de amor, sin saber que está amando.  
  
Odiaría las palabras que le hemos dado 
eternamente mirando sin decir 
que siente cosas que preferiría no vivir, 
porque un cucarrón que camina sobre la piel 
es mucho más bello que un hombre que espera, 
siente y piensa palabras:  
Un hombre.  
Alas.  
Sin volar. 

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Ay, Mercedes https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/ay-mercedes/ Sun, 27 Feb 2022 03:23:05 +0000 https://puntoyseguido.uniandes.edu.co/?p=2718 Primero estaba el mar. Luego, los kilómetros de plantaciones de banano de la zona que atrajeron a los gringos como la plaga. Entre ellos, las famosas e incompletas vías del tren que trasladaron al mítico bisabuelo del Viejo Continente a colonizar estas tierras salvajes. Y aquí estamos nosotras, de espaldas al mar, desayunando cayeye en […]

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Primero estaba el mar. Luego, los kilómetros de plantaciones de banano de la zona que atrajeron a los gringos como la plaga. Entre ellos, las famosas e incompletas vías del tren que trasladaron al mítico bisabuelo del Viejo Continente a colonizar estas tierras salvajes. Y aquí estamos nosotras, de espaldas al mar, desayunando cayeye en una casa con porche y angeo, a lo gringo, maltrecha y carcomida por el salitre, que nos dejó ese pariente europeo cuyos restos se pudren en una tumba de rico.  

Aquí estoy yo, sofocada entre el rumor de las faldas de mis tías, entre el rumor de la radio, entre el rumor de las hojas secas que revolotean con las dos o tres hilachas de brisa que soplan cuando se les da la gana. Sofocada por este calor que se me pega a la piel y por el peso de mi tarea apoteósica: siete páginas para prolongar la indignación histórica regional.   

— Mija, pásame la mantequilla —me dice tía Josefa.  

La mano robusta de mi tía abuela me quita el envase amarillo de las manos. Comienza entonces la ceremonia. Los guineos humeantes se ahogan en dos o tres cucharadas generosas de mantequilla. Tía Josefa tampoco escatima en el queso salado, que cae sobre su plato como si fuera nieve. Una vez satisfecha, mezcla todo con el tenedor. Años de opresión campesina, de colonización gringa, de dolor patrio y lucha de clases para quienes todavía creen en eso, todo revuelto con el tenedor de la tía. El grito del trabajador de la yunai: “¡les regalamos el minuto que…!” apagado con el bocado vigoroso, bien olvidado con el trago de café con leche. 

Me voy antes de que comience la sobremesa. Como siempre, mi excusa es el trabajo. Y como siempre, no me salva de las pullas. Que esa niña se la pasa es trabajando. Que el tiempo de familia también es importante. Que eso del periodismo no es para señoritas. Que para cuándo el matrimonio. Los reclamos se van distorsionando conforme me alejo del comedor. Para cuando llego a la puerta de mi cuarto ya no distingo quién dice qué. Quizás el tema de conversación ya no sea yo, sino la hija de la vecina o el calor o algún chisme de revista. 

Estoy apelmazada, embalsamada en sudor. Abro la ventana de mi cuarto, pero da lo mismo. El aire es tan caliente que se siente espeso. Prendo el abanico y me acuesto sobre la hamaca frente a él. Entre el calor y la llenura no me dan ganas ni de pensar. Sin muchas ganas agarro el cuaderno que dejé tirado la noche anterior. Releo, con toda la pereza y parsimonia posible, las anotaciones: fechas, citas de novelas, datos sacados de informes y libros de historia, ideas sobre cómo empezar o terminar algo que todavía no tiene forma. Crónica o reportaje, las especialidades que me han condenado a no aspirar a la corona de Miss Universo o al premio a la ama de casa más abnegada. 

Dejo caer el cuaderno. Cierro los ojos e intento concentrarme en el vaivén del abanico. Pienso en la ducha helada que me daré en la tarde. La sola idea me suena reconfortante. Bajo un pie de la hamaca y empiezo a mecerme suavemente. A lo lejos escucho el paseo de moda, que los locutores han puesto en la radio hasta el cansancio, pero que nadie se ha cansado de escuchar todavía. Tiene una letra triste, como casi todos. Me imagino a Melba, la nana de toda la vida, aferrada a la escoba y con el radio pegado a la oreja.  

El acordeonero da las últimas puntadas a su instrumento. La voz del locutor me borra la imagen de Melba, tan encorvada y frágil como esta casa. Entonces entra a mi cabeza la conversación en la que mi jefe me comprometió a relatar con rigor periodístico algo que salió de una cabeza envalentonada. 

— Usted es la costeña, ¿no?  

— Sí Señor.  

Llevaba casi un año trabajando en el periódico. Era una de las tres mujeres en la redacción y la única que no le hablaba de usted con un acento semi-cantado igual al suyo. La pregunta sobraba, pero él es el tipo de persona que ama establecer lo obvio para sentirse bien consigo mismo.  

— ¿De dónde? 

— De Santa Marta. 

— Mire usted qué conveniente. Necesitamos una nota sobre la masacre de las bananeras.  

Si mi jefe vio mi cara de aburrimiento, hizo caso omiso y siguió dando sus instrucciones:  

— Algo sencillo, bonito, como para conmemorar el aniversario y mantener a todo el público contento, usted sabe —dijo con su voz de falsa complicidad.  

Yo solo asentí. Intenté volver a la columna que debía entregar esa misma tarde, pero mi jefe tenía ganas de seguir hablando.  

— ¿Sabe? estuve allá hace poco. Unas playas espectaculares, pero muy poca cultura. Ni una sola biblioteca, ni librerías, ni nada. De verdad que no sé cómo hacen.  

— No hay libros y por eso toca inventarnos las historias —respondí sin siquiera mirar al hombre cuya silueta bajita y redonda me tapaba la luz.  

Esa frase, que tanta gracia le hizo a mi jefe, se queda dándome vueltas en la cabeza. Miro a mi alrededor. Las paredes blancas con parches más oscuros en donde pegué mis posters en la adolescencia. El cristo pegado a la pared con la mirada clavada en la imagen de alguna virgen, el único otro adorno en la pared de enfrente. Los clavos donde alguna vez hubo cuadros y fotos familiares. Mis lecturas de niñez y adolescencia amontonadas en estantes decrépitos. 

Este cuarto no solo contiene mis historias, sino también las de mi abuela durante su corta soltería. Por mucho tiempo pisoteé sus recuerdos sin mayor reparo. Hoy pienso en ello con detenimiento, quizás porque el cuarto está igual a como ella y yo lo dejamos. Yo me fui a estudiar y ella a diluirse en un matrimonio infeliz, pero ambas dejamos en él un sentimiento de vacío y el polvo de dos adolescencias separadas por tres generaciones.  

Me imagino a mi abuela en su juventud en este mismo cuarto. La imagen aparece en mi cabeza casi como si la hubiera presenciado y la recordara, con sus vestidos de encaje, enviados desde Les Champs Elysées por la familia parisina que nunca conocería. La historia se desenvuelve frente a mis ojos como una película:  

La abuela, que entonces está lejos de serlo, es la más joven de las tres hijas de Jean Garnier Donat, un napoleón tercermundista que armó su modesto Versailles entre las casas de los altos funcionarios de la United Fruit Company. Mercedes, como sus hermanas Josefa y Bernarda, entiende muy poco de trenes, pero sabe que gracias a los vagones que recorren la región cargados de banano ella puede ponerse los pendientes de Tiffany & Co. y bailar Charleston en el club social. Hace parte de la crema y nata de un puerto sucio cuyo mar le parece el límite del universo. Mercedes es una señorita bien: educada para sonreír, chismosear y figurar.   

Un cinco de diciembre, Mercedes decide ponerse un vestido nuevo que está esperando todavía en su forro. No hay fiesta en el club ni reunión con las amigas. No hay un evento programado ni visita de su pretendiente de turno. Pero ella no puede esperar al siete de diciembre o al veinticuatro o al treinta y uno para estrenar. Se pone su bata negra con pliegues dorados. Se inspecciona frente al espejo y se siente como una reina.  

Mientras se peina los bucles, taconea al ritmo de una canción que escucha a lo lejos. Es música de negros, como diría su madre, de aquellas que nunca tocaría la banda del club y que Melba, la empleada de su misma edad, le enseña a bailar en secreto. Vivaz, la joven Mercedes, y más alegre que sus dos hermanas juntas. La emoción no se le empaña ni cuando se da cuenta de que el sereno de aquella mañana se torna en una tormenta.  

Sale al encuentro del resto de la familia en el comedor. Para su deleite, al entrar se encuentra con una inesperada visita para el desayuno. Mr. Brown, el director general de la United Fruit en persona, se encarga de que le lluevan cumplidos. El padre le dice en su español afectado que se ve très belle antes de continuar con la conversación de hombres. Mercedes, triunfante, toma su puesto en la mesa. Se sienta entre sus hermanas y frente a su madre, quienes intentan casi ni respirar para no interrumpir la conversación de los hombres.  

— A considerable group– dice Mr. Brown, mezclando su mal español con un inglés pulcro.   

— ¿En la estación? —responde el padre, más concentrado en su desayuno que en la alarma de su socio.  

— Yes, yes. Dicen que no se van a mover.   

— ¿Y qué dice le commandant?  

— He says everything’s alright.   

— Entonces, no hay problème.   

— I hope so, Mr. Garnier. De todas formas, el commander prometió que traerá refuerzos.  

— No son nécessaires. Con tal de prometerles trago tout ira bien. Así son estos trabajadores  

— I can’t wait for the marines to arrive, —interrumpió el señor Brown—, por si quieren quemar su tren. 

Las hermanas miran al padre ante la mención del dichoso tren. Él niega con la cabeza, como desacreditando las palabras del director. “Exagérations”, dirá después. El resto de la comida prosigue como si nada. Mr. Brown hace un par de referencias más a una supuesta revuelta campesina, de la que nadie en la casa se había enterado. A Mercedes, expresiones como “cuadrilla de malhechores”, nunca antes escuchadas, le quedan sonando por el resto de la mañana, pero no dice nada a nadie.  

Hacia las horas de la tarde, el aguacero continuo cobra tanta fuerza que el agua empieza a colarse por todas partes. Aparecen goteras donde no las había. Se humedecen los marcos de las ventanas. Hay tantos charcos alrededor que Melba se rinde con el trapero. Las hermanas y la madre se sientan en la sala sin nada que hacer. Ni siquiera pueden escuchar la radionovela de la tarde porque el radio solo capta estática. 

— Ya no sabremos si María Elena y Jorge Luis se casan —dice la madre tras un suspiro de frustración.  

— Ni qué pasa con María Dolores y Raúl Eduardo —responde Josefa, quien canceló compromisos y visitas durante meses por seguirle la pista a la historia. 

Mercedes ve la lluvia caer a cántaros. Las calles se tornan en ríos. Con los truenos, el cielo parece reventarse. La madre, asustada por el apocalipsis bíblico, se pone a rezar un rosario junto a Bernarda, la hija mayor y la más pía.   

— Dios te salve María llena eres de gracia el señor es contigo. 

Josefa se le acerca a la hermana menor, ensimismada en la lluvia. En la cabeza de Mercedes hierven las palabras de Mr. Brown y las de su propio padre. A lo lejos, entre el temporal, pretende ver la estación con el grupo considerable de campesinos. Pocas veces se ha encontrado la joven a un campesino de la zona y a la estación de Ciénaga solo ha ido en una o dos ocasiones. Esos no son sus predios. Pero intenta visualizarlo. Le cuesta mucho menos ver a los refuerzos del comandante, con todos los militares que le han pedido baile en las noches de Charleston. Se imagina las ametralladoras de las que ha escuchado entre una y otra canción.   

—¿Será que los matan?  

 La pregunta de Josefa estremece a Mercedes.  

— Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre.  

— ¿A quiénes?   

— Pues a María Dolores y a Raúl Eduardo.  

Mercedes le lanza a su hermana una mirada clínica. Parpadea un par de veces, como intentando adivinarle el pensamiento.   

— ¿Será que los matan? —le pregunta Mercedes de vuelta.  

— ¿A María Dolores y Raúl Eduardo? No creo —responde Josefa con convicción.   

— A los trabajadores de la zona.  

— Santa María madre de… ¿de qué estás hablando?  

— De los trabajadores que mencionó Mr. Brown en el desayuno.  

— ¿Y a ti qué te importa eso?  

— No sé —responde Mercedes con aire distraído, aunque sabe que dentro de sí hay algo que no cuadra.  

La madre sermonea a las hijas sobre no meterse en asuntos de hombres y mucho menos en temas de revoltosos y comunistas. Palabras que no entiende, pero que repite con absoluta convicción. Habla de las proezas y la valentía de Mr. Brown y de la gloria máxima del ejército nacional en el que sus propios parientes fueron parte desde la Independencia de la República. La madre se santigua varias veces en medio de su letanía, no vaya y sea que la casa se les llene de un mal que nunca ha visto y que no sabe combatir. En algún punto se da cuenta de que su hija menor no la escucha. Tiene la cara volteada hacia la ventana, la vista fija en un punto del horizonte que no se distingue por la lluvia. No le dice nada y disimula su indignación con la continuación de su rosario.  

Al caer la noche, la lluvia arremete con más fuerza. Se podría navegar por las calles. La región se siente protagonista del diluvio universal. La dichosa huelga que tiene a Mercedes impresionada no se menciona. Al padre le preocupan las plantaciones ahogadas en el temporal. El producto que los trabajadores se han negado a cortar por meses se pierde con el aguacero. También piensa en las líneas del tren que todavía no se han terminado y calcula los costos de reparación. El chiste climático de dios y los huelguistas le saldrá bien caro a la United, pero él tiene su cheque asegurado y por eso se sienta a la mesa tranquilo y jovial. A la hora de la cena, la hija menor luce ausente, pero no se atreve a preguntarle al padre por esos asuntos de revoltosos y comunistas.  

Las luces se apagan más temprano de lo habitual. Mercedes no puede dormir. Da vueltas en la cama, presa de alguna clase de alucinación. Frente a sus ojos se desenvuelven escenas escalofriantes, como si estuviera viendo una película en el cine sin techo de Riohacha. Los trabajadores gritan bajo la lluvia. Los refuerzos del comandante llegan de Barranquilla al punto de encuentro fatal. Apuntan con sus ametralladoras, dispuestos a defender los intereses de la compañía antes de que lo hagan los Marine Corps. La aturde la advertencia del comandante y la estremece el silencio, que no concede, sino que desafía.  

En su película providencial, escucha Mercedes la frase del trabajador sin rostro: ¡les regalamos el minuto que falta! y la ráfaga de metralla. Jura escuchar los disparos a lo lejos, en esa estación que no ha visto más de dos veces. Aguza el oído y puede distinguir los gritos de piedad. ¡Ay, mi madre! Ve a los muertos caer uno encima de otro. Tantos muertos que le oprimen el pecho. Tantos muertos que le da náuseas. Tantos muertos apilados en los mismos vagones que pagan sus pendientes de Tiffany & Co., desechados al mar como si fueran banano maduro.  

Después de esa noche, Mercedes no deja de repetir como loro mojado la historia estrafalaria que no presenció. Para mitigar el rumor de que el mejor prospecto matrimonial de la región ha perdido la cabeza, los padres se inventan una enfermedad de los nervios. Las hermanas, las amigas y los pretendientes la abandonan a su suerte e incluso los padres dejan de hacerle caso. Eso sí, la mantienen encerrada para que los funcionarios de la compañía no la tilden de comunista.  

En las mañanas, Mercedes se sienta en una mecedora en la cocina. Mientras acompaña a Melba a hacer el almuerzo, le cuenta su historia a los trabajadores y empleadas que quieran escucharla. Los días están duros para todos y la moral muy baja. A ninguno de los pobres de la región le viene mal un motivo extra para indignarse o echarle la culpa de sus cargas al gobierno o a los gringos o cualquiera. Por eso, la cocina de los Garnier García se torna en un centro de tertulias para los desocupados, revoltosos y comunistas, avivados por la historia de los miles de muertos echados al mar.  

Para el desmayo de la madre, uno de esos hombres de las reuniones de la cocina, un escritor sin fama ni fortuna, entra por la puerta grande a pedir la mano de Mercedes. El padre acepta de inmediato y la madre llora de rabia, hasta que se da cuenta que es mejor mal casar a la hija loca que perjudicar a toda la familia. La boda se celebra con discreción. La novia no resiste ni se alegra y solo llora mientras empaca sus vestidos para mudarse a un pueblo bien metido en la zona bananera que le trastocó la mente. 

Por un tiempo no se sabe nada de ella. Se dice que el marido la tiene abandonada, que se encierra en su cuarto desde la mañana hasta la noche haciendo quién sabe qué cosas mientras a ella, la pobre, le toca vender las joyas de soltera para alimentar a los hijos. Nadie se atreve a confirmar la realidad, sobre todo con el matrimonio de Josefa con un funcionario de la compañía.  

El silencio se rompe cuando empieza a rondar por el continente la gran novela de la región, escrita por el esposo de Mercedes. Es entonces que la historia de los miles de muertos empieza a sonar entre la gente como algo más que una habladuría de loca. “Si está escrito, algo de verdad debe tener”. El rumor se magnifica y toma giros espectaculares que alimentan el morbo y la indignación. Cada vez que alguien echa el cuento le agrega sus propios detalles truculentos para darle más sabor al asunto. La historia se convierte en un hecho que pasa a los libros de historia. Un político de renombre hace todo un discurso sobre los muertos en el mar Caribe, discurso que le causa la muerte y convulsiona al país.  

En la zona bananera, la United desmantela sus oficinas y se regresa a la tierra de los libres y el hogar de los valientes. La ciudad portuaria parece muerta. Ya no hay Charleston. La crema y nata busca redefinirse entre esa misma indignación. La madre y el padre se encierran en la ruina que los verá morir.  

La reputación de loca de mi abuela Mercedes muere con ella. Su legado para la humanidad es la invención de un dolor novelado, mil muertos de película, un hito histórico sin historia. Recuerdo lo que le dije a mi jefe. Aquí nos toca inventarnos las historias.  

Recupero mi cuaderno y debajo de mis anotaciones escribo:  

Muchos años después, frente a una recua de nietos desinteresados, la abuela Mercedes habría de recordar aquella tarde remota en que no pudo saber el final de su radionovela. 

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