Sale un perro negro de la penumbra

Alguien llama, un animal sale corriendo, siguen llamando. Sale un perro negro de la penumbra: del camino veredal sin luces, sale un perro negro de la penumbra. Tiene un collar verde oliva sucio, es un perro negro que parece de alguien, pero camina en la penumbra perteneciéndose a sí mismo. 

En la oscuridad el perro se parece a todos los demás perros negros, la única diferencia es la manera en la que responde al llamado. Cuando se mira desde afuera del portón, la luz alcanza hasta poco antes de donde el camino se bifurca. El resto es oscuridad. El camino es una trocha con cunetas que se ensanchan y se vuelven profundas. Qué tan profundas es imposible precisar. Algunas partes de la cuneta están llenas de hojas que se cierran cuando las tocan. Quizá una pata de perro negro la toca y se cierra, y nadie la ve cerrarse: ni el perro ni la luz. La cuneta se llena de plantas que crecen de abajo como si no hubiera un abajo. Son el tapete que dice “hasta aquí se llega”, parece que fueran el suelo y no hubiera más suelo que ellas. Entonces es como si se inundara la cuneta y corriera un río caudaloso y crecido. Un río que crece de abajo hacia arriba que dice “todo está debajo de mí”. Las figuras se vuelven indistinguibles porque todo es la corriente que fluye. Se parece al río que inunda las casas, y cuando el río se va, deja el piso cubierto de piedras de río.

Habrá que imaginarse esta inundación:

Diluvia. El río crece negro, igual que el perro y la penumbra. Cae agua indistinguible, violenta. Choca contra las piedras, las hace brillar. Brillan y nadie sabe cómo, aunque nadie las mire. Una gota cae, dentro de la gota está el reflejo de todo lo que será inundado en instantes.  Estalla la gota. Se deshace. Se desinhibe de sí misma. Estalla de nuevo. La gota es un río que avanza en todas las direcciones. Sube. Crece. Estalla. Estalla contra la piedra, la hace brillar. Entonces el río toca las raíces de los árboles, estalla contra todo. Caen hojas que se mezclan en una espuma impenetrable por la mirada. El río está lleno de aire que se vuelve blanco con el agua. 

Cae.

El agua se desborda, alcanza el puente de cemento con barandas amarillas. El río suena y con su sonido dice que nada dejará de atravesarlo, como un aire que se vuelve blanco y que no escapa. Es todo un estruendo. Todo a la vez se combina. Agua del cielo. Mojarse de arriba, de abajo. El río inunda las cunetas, las calles, las tiendas. Avanza. Avanza. Avanza. Es un ímpetu que nació del agua del cielo. Es una fuerza que va a la liberación. Inunda y estalla. Estallan las puertas. Estalla el río. Las piedras son llevadas con la fuerza del estruendo. Brillan y no son vistas. Se revientan contra los tejados. Las casas comienzan a inundarse. Las personas adentro se abrazan. Los niños abrazan sus peluches y cierran los ojos. Los padres miran hacia la puerta esperando al verdugo. La respiración se acelera y el río avanza por el pueblo y las veredas. El aguacero corre las tejas como anunciando la inundación. El agua se vuelve granizo. El granizo golpea y hiende. El agua crece desde abajo, desde el aire que hay debajo de la puerta. Es el aire que se vuelve blanco, más espeso que una neblina, la mirada no lo penetra. El río estalla contra las casas. Las sobreviene por los lados, por donde se cuela el aire en las ventanas, por las tuberías. La pesadilla de la inundación y de no haber una salida. Todo estalla.

A la mañana siguiente las piedras del río descansan sobre el piso de baldosas. Piedras pequeñas que están marcadas con líneas de colores más claros, con hendiduras como cicatrices. Piedras perfectamente planas. Piedras moteadas que podrían ser un saco de arena. 

Un miembro de la familia baja de la cama, toma una piedra, trata de leerla, se pregunta “¿qué quiere decir esta piedra?”.

Río Goyano, 2019

____________________________________________________________________________________________________________

Entonces las plantas desbordan la cuneta, plantas que se cierran cuando el perro negro les pasa por encima o las roza.  Y así con todo lo que se cierra cuando se toca. El mensaje ininteligible de lo que es reconocido y se nos cierra.

Alguien llama a lo lejos, el perro pensará “hay alguien ahí”, y sale de donde lo oculto se cierra. Una persona es la sombra del único punto de luz en el camino. El perro siente la energía de la sombra. Le dice “ven”, y él va. El perro no pregunta. La estatua de sombra lo coge del hocico, lo sarandea y se agacha. Algo le dice cerquita de la jeta. El perro entiende. Comienza a llover. 

La lluvia se ve sólo por la luz, quién sabe si una gota caiga sobre la hoja que se cierra y se cierre. Como poder distinguir los tactos. 

Una lluvia de luz. Líneas rectas que caen.

El perro por dentro tiene algo que le dice que se quede. El perro se sienta a su lado. Camina detrás de la persona como diciendo algo. Tampoco se puede saber qué fue eso que quiso decir, el pensamiento quedó dentro del perro. Lo que sí se sabe es que escamparon. “Ven, Perro Negro”. Se sentaron debajo de la cornisa. 

El perro negro se echó. Dos patas al frente, dos patas hacia el costado. Bajó la cabeza e hizo pose de “buenas noches, aquí es que me quedo”. Días antes esta persona se dijo en una conversación consigo misma algo así como “he visto muchos perros en la calle que caminan con seguridad. Me pregunto cómo es que saben adónde van y cuál es el origen de esa seguridad. Pienso: su única certeza es la de la necesidad de sobrevivir, pero eso no es verdad.”

La oscuridad en su caudal serpenteaba por la noche y por los caminos veredales. El perro, sabiéndose –o pensándose– quedado, se desentendió de las circunstancias y de sí mismo. No tenía dudas. Esa es la virtud de los animales.

Alguien echó de menos a quien emitió el llamado inicial. La llamó por su nombre. La persona, que no pactó nunca aquello del silencio ni de la permanencia con el perro negro, comenzó a preguntarse cosas que no le dijo al perro en voz alta. Tuvo que irse y dejarlo como sombra en la luz. 

Adiós, chao, perrito, perrito negro de la noche, de la penumbra y de las hojas que se cierran. El perro quiso acompañarla porque pensó “estoy a su lado”. Y esto tampoco es una certeza, porque lo pudo haber pensado o sentido. Estos matices léxicos no se tienen claros en este momento. 

Algo pasó dentro del perro, una corriente, un flujo, algo como el lenguaje pero que no está hecho de lenguaje. El perro negro se levantó y dijo “me voy contigo”. Quiso atravesar el portón de madera, pero la persona desconocida le dijo “tú te quedas aquí”, como quien siente que con las palabras puede poner algo en el mundo. Lo más triste fue que sí lo hizo, y el perro se quedó.

Ni el camino veredal fue capaz de saber qué fue lo que hizo el perro negro en esos momentos solo. Lo que se puede saber es que cuando la persona volvió, el perro negro no estaba. Cuánto tiempo habrá pasado desde que subió y volvió a bajar, cuántas hojas se cerraron en la oscuridad, no por la lluvia sino por el callo de la huella del perro al caminar.

Sí se supo que el perro en ese momento dijo algo. 

Habrá sido quizás un haiku, algo que quepa en la respiración de un perro y que salga no endecasílabo sino por ahí bisílabo. Algo como un ladrido que sale desganado. No un ladrido de lenguaje, sino un ladrido de intimidad. Perro negro consigo mismo, en el camino veredal que se bifurca. Algo dijo el perro negro, de dentro de sí el flujo se articuló en una cosa que no podríamos llamar lenguaje. Unos dicen que el perro les habló a las hojas que se cierran. 

En la oscuridad plena del camino veredal, una voz interrumpe el haiku del perro. Un llamado. “Perro Negro”, parece un llamado al reencuentro. El perro negro piensa “ahí está otra vez”, y sus patas pisan las cunetas desbordadas de plantas retraídas. 

Una persona mira un fondo indistinguible. En ese momento se distingue una silueta: sale un perro negro de la penumbra.

Perros que emergen de la penumbra, 2019
Foto del avatar

About Author /

Egresada de Literatura con Opción en Fotografía y Maestría en Humanidades Digitales · ca.vegav@uniandes.edu.co

Start typing and press Enter to search